duare: (got wolves?)
[personal profile] duare
Título:  Bocados de realidad
Nombre de tu persona asignada: [livejournal.com profile] pauny escrito hace dos años, a modo de PinchHitter para la primera edición del [livejournal.com profile] aisinfronteras
Rating: NC17
Personaje/pareja(s): Jacob Black / Edward Cullen,
Disclaimer: Ni Jacob, ni Edward ni ninguno de los personajes de la saga Twilight me pertenecen. Esto es sólo un hobbie sin ánimo de lucro. Todos los derechos de dichos personajes son propiedad de la señora Stephanie Meyers, su editorial y los señores de la W&B.
Resumen: Jacob está listo para asumir su lugar como Alfa de su manada. Para conseguirlo, los Quileutes deben recuperar parte de sus tradiciones y memorias perdidas en el tiempo.
Que por el camino te cruces con alguien y te imprimes, es todo un bono extra. El destino, en ocasiones, no es más que una partida de pocker.
Advertencias: Transfondo cultural indio totalmente mezclado de varios grupos y naciones. Sí, la Nación  Tsleil–Waututh existe, y sí están en la zona de Vancouver (http://www.burrardband.com/home.html) pero  en los rituales y mitología he mezclado de todo, desde navajo, cheroki, eskimo, inuit, etc etc etc. Y algunas cosas han sido totalmente inventadas por mí. El mito de la creación me lo he inventado usando deidades y espíritus de varias mitologías indias.
Notas: ver al final


Bocados de Realidad
—¡Te odio Edward Cullen! —gritó Bella furiosa, cerrando la puerta tras de sí con toda su nueva fuerza preternatural, haciendo saltar las bisagras de sus presillas. — ¡No quiero volver a saber de ti nunca jamás!— Añadió la joven neófita desde fuera de la mansión Cullen, alejándose velozmente bosque adentro.


La familia Cullen al completo quedó paralizada ante las duras palabras de la joven a la que habían llegado a querer como a una hija, hermana, amiga, y amante...

— No os pesen en exceso las palabras pronunciadas en el calor del momento— la voz de Aro, suave como un suspiro, despertó a los Cullen de la estupefacción en la que parecían haber caído presa. El milenario vampiro se había mantenido al margen ante toda la discusión acontecida. Realmente no era algo que le incumbiera, excepto por el hecho de haber sido contactado por la joven Isabella y por su propio interés en ella.

—Sabes tan bien como yo que no ha sido el “calor del momento”—respondió Edward. Su voz denotaba todo el dolor que las palabras de Bella le causaban, pero también tenían un aire de tristeza y resignación.
No había sido ninguna sorpresa lo que acababa de suceder.

— Quizás... Pero ya sabes cómo son los recién nacidos a la oscuridad, dale un par de centurias para que se calme —contestó Aro, claramente divertido ante la situación.—  Bien, será mejor que me marche yo también; no conviene dejar a un neófito solo, especialmente en una zona con tanto riesgo de altercados como esta. Venid a visitarnos cuando deseéis, Isabella puede que siga aún  furiosa, pero seréis igualmente recibidos con los brazos abiertos en Volterra.

Un rápido movimiento imperceptible para el ojo humano y Aro se había marchado. Tras de sí un susurro dedicado a Edward flotando en el aire: “tu perdida es mi ganancia, amico”.

Todos y cada uno de los miembros del clan Cullen trataban de asimilar lo que acaba de pasar.
Jasper masajeaba sus sienes en un vano intento de mitigar el intenso dolor de cabeza que el arrebato de furia de Bella le había causado; especialmente cuando ya llevaba meses de constantes migrañas a causa de la creciente insatisfacción y enojo que Bella había ido acumulando desde que volvieran a casa.
Edward por su parte intentaba controlar la vorágines de pensamientos que estaba captando. Toda su familia parecía estar decidida a mandarle todo tipo de palabras de apoyo y comprensión, sin darse cuenta que, llegado cierto punto, era incapaz de distinguir quién decía qué, o de entender una oración completa.

Pobre hijo mío... Debí insistir más... Si a mi me pasara algo así... Sé fuerte hijo mío... Con lo enamorados que parecían... Si tú me lo pidieras... Si hubiera dicho algo... Tendría que haber hablado con Bella... Debí haberlo impedido... La mataría... Pobre Edward... Sabes que no me caía bien... Cómo consigue Aro hacer ondear su túnica tan elegantemente...
Edward sentía su mente al borde del colapso. Necesitaba silencio, que dejaran de compadecerlo de una vez o haría alguna locura, y no precisamente la que estaba pasando por sus mentes.

— Necesito estar solo —dijo Edward levantándose de golpe de la butaca en la que había estado sentado desde que Aro había llegado hacía apenas dos horas, desatando con su llegada el caos. — Os pido por favor que intentéis pensar “menos alto”, la cabeza me va a estallar. — La mandíbula tensa y los puños cerrados con tanta fuerza que Edward estaba seguro de estar rasgándose la piel, eran los únicos signos físicos de cómo se sentía. — Y no, no voy a gimotear lastimosamente ni a correr a hacer alguna estupidez para acabar con mi existencia... —añadió, haciendo uso del poco autocontrol que aún le quedaba, antes de que hiciera o dijera algo de lo que se arrepentiría más tarde— . Pero si así fuera, después de lo que acaba de pasar, creo que estaría en mi derecho.

Salir de la sala de estar sin mirar a los ojos de ninguno de los miembros de sus familia, bloqueando la mayor parte de ruido de fondo mental que pudiera y subir las escaleras de camino a su habitación sin derrumbarse, era una de las cosas más duras que Edward había hecho en su vida —la de vivo y la de muerto—. No obstante, justo cuando entraba en su cuarto oyó la voz mental de Rosalie alto y claro con un tono de rintintín que obviamente no quería ser ocultado: “Es bueno saber que a pesar de todo, no has perdido tu sentido del dramatismo, Edward querido”. El portazo que dio en respuesta, por inmaduro que fuera el gesto, fue replicado con la hilarante risa de Rosalie que podía oírse por toda la casa.


Las últimas 48 horas Edward las había pasado estirado en la cheslong de su habitación, reviviendo una y otra vez los dos últimos años en su mente. Trataba de encontrar qué podría haber hecho diferente para no haber llegado a este desenlace: Bella abandonándolo sin ningún ápice del amor que había sentido por él.
Desde que volvieran a Forks hacía ya dos años, Bella y él habían retomado su relación como si nada hubiera pasado. Más enamorados aún si cabe que antes. Pero donde el amor parecía sobrarles, les faltaba en otras cosas: como ponerse de acuerdo en temas de vital importancia.

Para qué me engaño, sólo hay un tema en el que no nos pusimos jamás de acuerdo...” se corrigió a sí mismo. “¿Matrimonio y transformación o transformación y matrimonio? Esa era la cuestión

Cada vez que Edward había sacado el tema Bella se había puesto furiosa, sin entender por qué tenían que esperar a que ella fuera transformada para poder unirse para siempre. Los acontecimientos sin embargo le habían dado la razón a él. De haber contraído matrimonio antes del cambio, ¿qué habría sido de ellos? Sí, sabía que el divorcio siempre era una opción, pero él había nacido en otra época. Una en la que la gente era fiel a sus promesas y votos sin importar nada más. Por eso había insistido tanto, por eso había gastado tiempo y energías en batallar contra la cabezonería de Bella, quien parecía no querer entender por qué no podían casarse antes de ser ella transformada, y hacía oídos sordos a toda razón expuesta.

Claro que no lo entendía, ¿cómo podía hacerlo? Se tiene que pasar por ello...” Pensó una vez más apesadumbrado.

El único aspecto positivo de toda esta situación es que al menos no había sido una sorpresa. No del todo... Hacía un año que él mismo había convertido a Bella. Un año desde que volaron a Volterra para evitar romper el tratado con los Quileutes. Un año desde que finalmente hizo realidad una de sus más secretas y oscuras fantasías: clavar sus dientes en el cuello de Bella, justo donde la yugular transporta mayor cantidad de sangre, y beber... Beber como hacía décadas que no hacía... Beber sangre humana —algo de lo que voluntariamente se abstenía—... Y no de cualquier humano, no. De la única persona cuyo olor conseguía en ocasiones casi hacerle perder todo el auto—control que había cultivado a lo largo de su no—vida.

El momento de felicidad fue fugaz. Los ojos de Bella se abrieron y supo que todo lo que había amado en la joven simplemente parecía haberse evaporado. Quiso creer que no, que la vista le había jugado una mala pasada. Quiso creer que una vez pasado el periodo de locura inducido por el frenesí de la sangre Bella volvería ser la misma de antes —excepto por el detalle de estar muerta. Quiso creer que el amor que ambos habían sentido y que sentía menguar volvería a crecer. Quiso creer tantas cosas... Y en todas se equivocó.
Con la sed de sangre ya calmada y de vuelta a Forks, el abismo que parecía haber surgido entre ambos creció aún más. Bella se sentía una extraña en su propio hogar y con los suyos, y culpaba de todo eso a Edward. Quizás no lo había dicho abiertamente hasta hacía dos días, pero era algo que se sentía. Era la patata caliente en la habitación de la que ninguno hablaba.

— El cambio es impredecible — dijo Carlisle desde la puerta, sacando a Edward de sus cavilaciones, sobresaltándolo ante lo inesperado de su presencia. Tan inmerso había estado que ni siquiera se había percatado de Carlisle acercándose y abriendo la puerta de su habitación —. La persona que eramos antes de morir y la que somos una vez renacidos no siempre son gemelas... En ocasiones el cambio produce un efecto de reflejo especular, en otras se afinan ciertos rasgos de nuestra previa personalidad mientras que otros desaparecen. Tú lo sabes... Piensa en cómo fuiste y recuerda cómo te cambió la sed de sangre.

Todo eso Edward ya lo sabía, se lo había estado recordando una y otra vez durante las últimas horas, lo había repasado mentalmente todo:  lo que él había vivido, cómo sintió el cambio, la locura de los primeros años... Todo lo que Carlisle le había enseñado, todo lo que había aprendido del resto de su familia, todo el conocimiento relacionado con el cambio que había ido acumulando a lo largo de su existencia. De nada había servido... Todo en vano...

— Tomaste la decisión correcta, hijo mío — Carlisle dijo, casi como si fuera él quien pudiera leer la mente de los demás—. No te atormentes con la duda. Bella quería unirse a ti en nuestra larga existencia y para eso debía ser transformada, de haber procedido de diferente manera sólo os hubierais hecho más daño.

— Saberlo no lo hace más fácil — contestó Edward. Y era cierto, por más que supiera que había actuado como debía, el dolor que ahora sentía no era menor.

— Puede que no, pero el tiempo lo cura todo como dicen los humanos... y tiempo es precisamente lo que menos nos escasea — respondió Carlisle, su mente tan serena y llena de empatía como sus palabras.


La habitación de Edward olía a concentrado,  normal  llevando cerrada dos días con un vampiro deprimido dentro. Los muebles y todo lo que la habitación contenía practicamente destrozados . Carlisle y el resto de la familia habían concluido por los ruidos que se escuchaban que Edward había ido alternando fases de ira en las que se había dedicado a romper todo lo que tuviera al alcance de la mano y fases de calmada reflexión — o gimoteos de adolescente Emo, como los llamaba Rosalie. De hecho, en todo el cuarto, el único objeto que se veía entero y en buen estado era la cheslong donde descansaba el joven. Carlisle avanzó hacía él, con un gesto y un “por favor” mental le pidió que le dejara sentarse junto a él.

— Tengo algo para ti — le dijo Carlisle, entregándole un sobre cerrado. Las cejas arqueándose en muda pregunta por parte de Edward lo animaron a seguir — . Es un salvoconducto al territorio del Aquellarre Columbus, al norte de Vancuver.

— ¿Por qué? — preguntó Edward con verdadera curiosidad.

— ¿Por qué no? — Replicó a su vez Carlisle — Te vendrá bien salir y cambiar de aires. Aquí todo te va a recordar a Bella, haciéndote más duro el superar su cambio y la ruptura. Vancuver está relativamente cerca, la Columbia Británica es uno de los parajes de Canadá más hermosos y el Aquellare de Collum es el lugar ideal para curar tus heridas. He hablado ya con ellos y están dispuestos a aceptarte durante el tiempo que consideres necesario.
— Te has tomado demasiadas molestias para algo que ni siquiera sabes si voy a acceder a hacer o no —Edward dijo, jugando con el sobre en sus manos.

Carlisle lo miró fijamente, el aura de serenidad que lo rodeaba haciéndose patente en contra de todo el desasosiego que Edward sentía, y lo oyó responder mentalmente “Irás. Alice te ha visto allí, y lo que Alice ve y decide que debe pasar, pasará, aunque para ello deba arrastrarte ella misma hasta allí”. Ante tal razonamiento Edward no podía hacer nada, conocía a su hermana de sobras para saber cuando era mejor dejarla hacer.

— Ya veo... ¿Y ha visto Alice cuando debo empezar a preparar mi maleta? Porque no me gustaría que su visión se retrasara por mi culpa.

— No seas impertinente Edward, no va contigo —lo reprendió Carlisle, quien a pesar de su afable naturaleza no dudaba en hacerles notar cuando su comportamiento estaba fuera de lugar—. Alice está preocupada por ti, al igual que lo estamos los demás. Y no temas que me haya dejado influenciar por lo que Alice haya visto, ya había hablado con Collum antes de que Alice tuviera su visión.

Edward apartó la mirada; no le gustaba hacer sufrir a su familia ni le gustaba su comportamiento con ellos cuando estaba en ese estado. Quizás sí que le iría bien el cambio de escena. Y si Alice insistía en que fuera, no iba a ser para que le sucediera algo malo. Si hubiera hecho caso a Alice desde el principio no estaría ahora pasando por esto.

Ella trató de advertirme...” Edward recordó las advertencias de Alice sobre Bella, pero él había estado tan seguro del amor que sentían el uno por el otro que no quiso escucharla y le prohibió que le contara cualquier otra visión que tuviera respecto a su relación con Bella.

Carlisle seguía con atención todo el proceso de decisión que Edward parecía estar llevando internamente; observando los prácticamente imperceptibles cambios en el rostro de su hijo. Cuando vio a Edward mirándolo de nuevo, ojos fijos en los suyos, no puedo más que sonreír. Sabía que Edward iría.

''Te vendrá bien Edward, confía en nosotros...'' pensó Carlisle, sabiendo que Edward lo escucharía perfectamente.

Edward se levantó y abrió su armario, considerando qué llevarse. Iba a ir, claro que iba ir... Después de todo, no era una mala idea, y al menos dejaría de escuchar la mordaz risa de Rosalie con sus perpetuos «te lo dije».

— Habrán buenos sitios de caza, ¿no? —le preguntó Edward a Carlisle, una leve sonrisa en los labios. Carlisle le sonrió también en respuesta, satisfecho ante la ligera mejora en el humor de Edward.

''Tan buenos o aún mejor que los que teníamos en Alaska...'' lo escuchó pensar Edward.

Visto de esa manera no pintaba tan mal. Necesitaba alimentarse con urgencia, y estaba seguro que con el territorio de un clan de vampiros «vegetarianos» era seguro que habrían buenos cotos de caza próximos. Quizás hasta le traería un souvenir a Alice por su insistencia...

Quizás cuando volviera no le dolería alma...

''Quizás debería buscar mi pasaporte o no va a haber viaje ninguno'', se dijo a sí mismo, poniéndose acto seguido a preparar su equipaje.


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(Dos meses más tarde )

— ¡Get your motor runing, pana na nanaam!¡Head out on the highway, pana na nanaam! ¡Lookin' for adveentuuuure, pana na nanam! —cantaba el menor de los Clearwater, mientras golpeaba el asiento de delante al ritmo de la canción.

— Seth por lo que más quieras, ¡haz el favor de callarte! Me va estallar la cabeza con tanto ruido — gritó Leah Clearwater exasperada.— ¡Y deja ya de dar golpes!

— Eso Seth, tío callate ya. Entre la música y lo mal que cantas te estás jugando que te chutemos de la furgoneta — añadió Paul, aunque la carcajada con que acompañó el comentario restaban valor a la amenaza.

— ¡Sois lo peor! No me dejáis cantar, no queréis jugar al «veo veo», ¡no me dejáis hacer nada de nada! — replicó Seth claramente frustrado. Le había tocado sentarse entre Embry y Quill, y los dos hacía ya horas que se habían dormido.

— Dios... Necesito tomar el aire, me estoy muriendo con tanta testosterona en el ambiente — se quejó por su parte Leah, arreándole de paso una colleja a Seth. En opinión de Leah,  Seth siempre se merecía una colleja.

Lo que siguió fue el típico efecto dominó desde el punto de vista de Jacob, quien iba sentado comodamente en el asiento de copiloto y observaba toda la escena por el espejo retrovisor.
Seth saltó de su asiento intentando estirarle de la coleta a su hermana a modo de venganza, despertando a sus compañeros de asiento subitamente. Quill, quien había estado durmiendo apoyando contra la ventana, ante tal sobresalto dio un bote tremendo golpeando con el brazo a Jareth, quien justo en ese momento bebía un refresco, haciendo que la bebida saltara por los aires y manchara a Paul y al propio Jareth.
Y se abrieron las puertas del infierno.

Quill gritaba e intentaba defenderse mientras Jareth lo agarraba del cuello y le frotaba el puño contra la cabeza; Paul gritaba cabreado e intentaba arrear con su camiseta —ahora empapada de refresco—  a Seth quien cantaba a todo pulmón “¡Booorn to be wiiiiiiiiiiiiild! Pam, panam, pananananaam” mientras Embry le daba golpes con el cojín sobre el cual había estado durmiendo, imprecándolo por haberle despertado. Leah por su parte los insultaba a todos, mientras Collin y Brady se le abrazaban, algo asustados, y miraban con los ojos abiertos como platos a sus compañeros pelear.

— ¡Basta ya! — rugió Sam Uley, ya harto de tanto grito y tanta tontería. En ocasiones la manada de metamorfos más parecía una clase de parvularios.

La orden del jefe alfa de la manada no fue obedecida de inmediato, un problema que venía siendo habitual desde hacía ya unos meses y razón por la cual ahora estaban haciendo ese viaje.
Seth seguía gritando, Jared seguía teniendo agarrado a Quill por el gaznate y Leah no había parado de insultarlos a todos, haciendo oídos sordos de la orden a Sam.
Sam miró a Jacob con una socarrona sonrisa. Jacob frunció el ceño en respuesta. No entendía porque Sam encontraba toda esa situación divertida. "¡Está a punto de perder su puesto como alfa de la manada y el tío se ríe!" pensó Jacob exasperado. Sam ante la mirada indignada de Jacob le volvió a sonreír y le indicó con la cabeza el jaleo que seguía en la parte trasera de la furgoneta.

— ¡Callad de una vez! ¡Todos! — ordenó Jacob, mirándolos por el retrovisor, comprobando si hacían finalmente caso. Ahora sí, aunque algo a regañadientes, todos el grupo dejó de gritar y se fueron sentando correctamente en sus respectivos asientos. Viendo que su orden había surtido efecto le dirigió una iracunda mirada a Sam murmurando entre dientes. — Tú no haces esto por el bien de la manada, tú haces esto porque estás harto de hacer de niñera cuando podrías estar disfrutando con tu querida Emily.

Sam lo miró de reojo y sonrió. En la parte de atrás el resto de la manada observaba el intercambio entre sus dos jefes, el de facto y el que cada vez más sentían que debía ser, con suma atención. El hecho de que Sam no hubiera negado en absoluto la acusación de Jacob los divertía tremendamente.

— Sam, ¿queda mucho aún? — preguntó lastimosamente Collin.

— ¿Podemos parar? Me estoy haciendo pipí... — añadió avergonzado Brady.

— ¡Oh sí por favor! Yo también necesito echar una meadita — añadió alegremente Seth, ante lo que recibió otra colleja de su hermana — ¡Auh Leah! Eso ha dolido, ¿y ahora qué he hecho? Si no he hecho nada, de verdad — y Leah y Seth volvieron a enzarzarse en una discusión sobre si Seth merecía o no ser collejeado cada dos por tres.

— Mátame ya y líbrame de este sufrimiento — rogó Jacob, cubriéndose el rostro con las manos. Sam rugió una sonora carcajada en respuesta y subió el volumen de la música, «Higway to hell» sonando a todo volumen.



El viaje al territorio de la Nación(1) TsleilWaututh(2) había sido decido y acordado por los ancianos de la tribu. Desde que Jacob cumpliera la mayoría de edad, hacía ya unos seis meses, habían ido surgiendo problemas de liderazgo en la manada. No era algo que Jacob quisiera o estuviera causando a propósito. Simplemente sucedía. El resto de la manada notaba como su lealtad resonaba entre Jacob y Sam, creando ligera confusión y en algunas ocasiones altercados que se habían tenido que resolver por la fuerza.
Jacob era, no había duda de ello, el macho alfa dominante por derecho de nacimiento pero el traspaso de poderes no podía hacerse de cualquier manera. De eso estaban seguros. De lo que no estaban tan seguros era de cómo hacerlo exactamente. Los Quileutes habían perdido gran parte de sus tradiciones y rituales relacionados con su herencia metamorfa, en parte debido a los grandes saltos generacionales que se producían entre los cambios. Con el anterior cambio la distancia era menor, el viejo Quill aún seguía vivo de hecho, y él había visto hasta dos generaciones anteriores ser capaces de cambiar. Previamente a ese tiempo ya ni se recordaba cuando había sucedido el cambio anterior, sólo había un vacío lleno de vagas leyendas.
El viejo Quill sin embargo sí que recordaba que su abuelo había estado en contacto con otra tribu cuyos miembros tenían la misma capacidad de cambiar a forma de Lobo. Y si su memoria no le fallaba, los Tsleil—Waututh contaban con una manada muy numerosa. Lo suficiente como para tener la esperanza de que hubieran mantenido sus tradiciones y pudieran sacarlos del atolladero en el que se encontraban.

Durante los últimos cuatro meses habían renovado el contacto con dicha tribu,  iniciado una especie de danza con respecto al intercambio de información. Los Tsleil eran igual de reservados que los Quileutes respectos a sus tradiciones y secretos, y no había nada más valioso y secreto que la información sobre la capacidad metamorfa corriendo por la sangre de los miembros de cada tribu. No fue hasta los tres meses de constantes llamadas, intercambios de emails y algún que otro encuentro cara a cara, que se abordó el tema.
Había sucedido un tarde en Mount Vernon, ciudad donde se habían producido los encuentros por estar a medio camino entre los territorios de ambas tribus. Aquella tarde Quill senior y un par más de ancianos habían acudido al encuentro junto con Sam, con la esperanza de que algún miembro de los Tsleil notara lo que realmente era Sam. Y así había sucedido. Con sólo mirar a Sam el nieto de Dan George(3), jefe del consejo de ancianos de los Tsleil, emitió un gruñido gutural y le susurró algo a su abuelo en una lengua que los Quileutes no comprendían. Los ojos del anciano Dan se llenaron de lágrimas y con los brazo abiertos los saludó.

— Hermanos yee naaldlooshii(4), bendito sea este encuentro ahora que la piel que oscurecía mi visión ha sido levantada.

A partir de ese día todo había sido mucho más simple, “miel sobre hojuelas” como les decía el viejo Quill. La situación había sido explicada y se había acordado un viaje al territorio Tsleil—Waututh para llevar a cabo la ceremonia del cambio de alfa y para aprender todo aquello que habían perdido en el transcurrir del tiempo sobre su herencia.

Por esa razón llevaban encerrados cinco horas en una furgoneta, ¡y aún les quedaban por lo menos un par más! Y por esa razón Jacob estaba a punto de perder la cordura. Quería a su manada, el lazo que los unía era aún más fuerte que el de la sangre. Sus mentes, sus almas estaban ligadas mientras siguieran siendo lobos. Lo que uno pensaba, lo oían todos; lo que una sentía lo vivían todos; si uno sufría, sufrían todos también.

Pero encerrar a diez personas que se conocen tan bien y que aún así son tan diferentes en un espacio tan pequeño era pura tortura.

— Y aún podemos dar gracias que ninguno se ha descontrolado y se ha transformado dentro de la furgoneta — le dijo Sam, como si hubiera estado leyendo los pensamientos de Jacob. Sí, ése era el nivel de compenetración que tenían. Incluso sin estar transformados les era prácticamente imposible ocultarse algo.

— Eso sería algo digno de ver, diez lobos dentro de una furgoneta — dijo pensativo Quill, mirando por la ventana en el vano intento de distraerse.

— No hay forma humana de que cupiéramos todos dentro transformados — añadió Paul, quien se entretenía jugando a cartas con Embry.

— Querrás decir forma lupina, ¿no? — interpuso Jared, ojeando distraídamente una de las muchas revistas de coches que había por toda la furgoneta

— Dejad ya el tema, que os veo venir... — interrumpió Jacob — No vamos a parar para comprobar si cabríamos o no. Por si no lo recordáis, la furgoneta es alquilada y no creo que sea mucho pedir que la pudiéramos devolver entera de una pieza.

— Eres un aguafiestas Jacob — se quejó Seth, y con una sonrisa traviesa añadió — Un metamorfo se transformaba dentro de una furgoneta, y como veia que no la rompía, fue a buscar a otro metamorfo...

La canción fue acogida con entusiasmo por Collin y Brady, ni que fuera sólo para molestar a sus compañeros mayores, provocando un gruñido exasperado por parte del resto de compañeros.

Dos horas, sólo dos horas más...” se repitió Jacob. Aprendieran lo que aprendiesen de los Tsleil, si conseguían ir y volver de este viaje sin matarse los unos a los otros, como mínimo la manda saldría mucho más unida de toda esa experiencia.
Mal de muchos, consuelo de tontos, como solía decir su padre...


La reserva india Burrard Inlet(5) estaba situada a  pocos kilómetros al norte de Vancouver. Para cuando el grupo de Quileutes llegó a la Oficina Territorial había ya anochecido y estaba cerrada. Sin embargo, a pesar de estar fuera de horario Luke Thomas — Oficial de la reserva—— y Ges Slahoot — nieto del viejo Geoge — los estaban esperando y los acompañaron a su alojamiento para esa noche: una de las sala del centro educativo adaptada para acoger a los diez visitantes.

Salir de esta maldita furgoneta, estirar las piernas un rato y dormir en cualquier otra posición que no sea sentado”, se repetía Jacob. Era lo único que pedía; hasta cambiaría su porción de cena por la oportunidad de correr por el bosque un rato.

La cena fue bastante frugal, algo que el grupo de Quileutes agradeció enormemente; nueve horas de viaje significaban nueve horas de comer y beber porquerías. Tras la cena a aquellos que lo deseaban se les permitió salir a correr brevemente por el bosque al norte de la reserva; ya tendrían tiempo de sobras se correr en forma de lobo en los días venideros.


Al día siguiente todo el grupo de Quileutes junto con el Concilio de Ancianos de los Tsleil–Waututh y sus cincuenta–y–dos miembros con el don de la transformación se adentraron en los bosques del Parque Provincial Mt. Saymur; el grupo de ancianos en coche y las dos manadas de metamorfos corriendo libres por la montaña. Se dirigieron a la zona de lagos formados por el deshielo en la falda del Monte Seymur, uno de difícil acceso donde no serían interrumpidos por curiosos turistas ni senderistas. Allí pensaban montar un campamento y permanecer el tiempo necesario para realizar la ceremonia y para reconciliarse con muchas de las tradiciones que habían olvidado.

¿Os habéis fijado que tienen varias mujeres en la manada?” comentó Embry, realmente sorprendido. “Y nosotros pensando que Leah era una anormalidad”

Vuelve a llamarme anormalidad Embry, y comprobaremos cómo de buena es tu capacidad de curarte cuando te arranque de una dentellada las pelotas” le respondió Leah enojada. Aún así, la joven Quileutes tenía que reconocer que ella también se había sorprendido al olfatear a otras hembras. “Hay tantas cosas que tengo que preguntarles...

Por favor Leah, si vais a montar una fiesta de chicas–lobo, pintándoos las uñas y demás estupideces, te juro que te voy a zarandear de tal manera que no te quede un solo pelo bien puesto” amenazó Jared.

Por el contrario, si montáis una fiesta lesbo–zoofílica no dudéis en avisadme. Felizmente imprimado pero no me importaría algo de entretenimiento visual” añadió Paul por su parte.

Leah le gruñó en respuesta y corrió a perseguir a Paul, tratando de morderle, mientras Paul seguía riéndose y Leah lo insultaba mentalmente.

Realmente no sería correcto decir sexo zoofílico si todas están en forma de lobo, ¿no?” comentó de pasada Quill.

Supongo que por definición no, pero tampoco deberían llamarse vegetarianos las sanguijuelas que se alimentan de sangre animal, y no te veo yo yendo a corregir al Dr. Cullen” le contestó Jared.

No me puedo creer que estéis discutiendo sobre semántica” les gruñó Sam.

No es semántica, es sexo zoofílico...” empezó Quill

¡Lesbo–zoofílico! No os olvidéis de la parte interesante del asunto” les gritó Paul quien seguía corriendo algo adelantado aún  siendo persiguido por Leah.

Eso, sexo lesbo–zoofílico y costumbres alimentarias de los vampiros” concluyó Quill.

Hablando de vampiros, ¿a qué no sabéis el último cotilleo de los Cullen?” exclamó Seth, correteando entre medio de sus compañeros, seguido alegremente por Collin y Brady. Haciendo oídos sordos de las quejas y gruñidos de sus compañeros continuó. “Por lo que se ve, Bella se ha largado con un latin–lover del grupo ese de vampiros italianos dejando a Edward todo mustio y deprimido. Tanto que al final lo han tenido que sacar de casa a la fuerza y enviar con unos familiares”

¡Hurra por Bella! Te cambio al drama–chupasangre por uno italiano cualquier día de la semana” informó Leah a todos, con un aullido triunfal por haberle arrancado de una dentellada un puñado de pelos a la cola de Paul.

Un día de estos podríamos probar a tener una conversación de manada más parecida a la que seguro tienen los Tsleil”, se quejó Jacob. Realmente no entendía como su pack acababa siempre hablando de lo mismo: comida, sexo, cosas escatológicas y vampiros, o cualquier combinación de esos cuatro temas.

Naaahhh... sería muy aburrido” contestó Seth.

Además, no sabes realmente de qué están hablando, podrían estar teniendo una conversación mucha más escandalosa o absurda que la nuestra” añadió Embry.

Lo dudo mucho...” respondió Jacob, avanzándose a su grupo y corriendo a lado del alfa de la otra manada y de Sam.


Con el campamento montado y ya prácticamente anocheciendo, todo el grupo se reunió alrededor de las numerosas hogueras, formando un círculo. Entre platos de comida pasando de mano en mano  y cantos y danzas tribales traducidos por el anciano Dan George, los Tsleil–Waututh fueron relatando su historia, sus leyendas, sus tradiciones, aquello que los hacía únicos.

La voz del viejo Dan, cargada de memorias y pesares, se hizo oír por encima de los tambores y los cantos de los danzantes que escenificaban su historia, narrando el nacimiento de los pieles cambiantes y los caminantes nocturnos.

Largos años atrás, cuando el sol y la tierra eran jóvenes, y en el mundo aún había sitio para todos sin necesidad de batallar, los Tsleil–Waututh eramos aún un retoño joven, recién llegados a estas tierras desde el frío y lejano norte.
Fue entonces cuando apareció la plaga, la muerte roja. En la oscuridad de la noche algunos de los hijos e hijas de los Tsleil–Waututh cayeron bajo en influjo de Irdlirvirsissong(6), un espíritu maligno que los obligaba a vagar en noches sombrías, eternamente sedientos de la sangre de sus hermanos.
Y sucedió que una joven pareja, cuyo amor eclipsaba incluso el fulgor de las estrellas, fue atacada una noche por Irdlirvirsissong. El joven luchó valientemente tratando de proteger a su joven amada, pero Irdlirvisissong era fuerte y astuto. Finalmente logró vencer al joven dejándolo malherido e inconsciente, tras lo cual se abalanzó hacia la joven, convirtiéndola en una caminante nocturna, dejándola allí para que se alimentara del que había sido su amado. La joven clamó al cielo llorando su desgracia, pues sentía el hambre en sus frías entrañas pero se veía incapaz de hacer daño a quien tanto había amado.
Atira (7), la sagrada madre de todo lo que existe se apiadó de su lamento y fue veloz en busca de Aningan (8), el gran cazador, primo de Irdlirvisissong, rogándole que ayudara a la joven, pues era en parte culpa suya por no haber controlado a su primo que vivía con él en la Luna. Aningan se apareció ante los desdichados amantes y tocando al joven éste se convirtió en un lobo de pelaje tan blanco como Luna en la que residía el demonio causante de sus males. El joven piel—andante, pues eso es lo que era, un ser capaz de cambiar de forma animal a voluntad, abrió los ojos y al posarlos sobre la que había sido su amada se sintió atado a ella con más fuerza y más profundamente que aún antes de que el mal los atacara.
'Este será mi don: a todos aquellos de tu pueblo que se vean atacados por el mal que mi primo está sembrando, por cada caminante nocturno yo os doy un piel–cambiante. Y seréis cazadores, al igual que yo, protegiendo a vuestros hermanos de todo lo que hay de malvado en este mundo', les dijo Aningan, posando una mano en el pelaje del lobo y otra en el frío rostro de la joven.
'Y este otro será mi don' añadió la bendita Atira. 'Que de desearlo así, puedas saciar tu sed cazando todo animal que tu amado cace' le dijo a la joven, tocando su rostro y volviendo dorados sus ojos carmesí;. Y volviéndose hacia el piel–cambiante, continuó. 'Y a ti, joven yee naaldlooshii, aquel que puede ir a cuatro patas, te concedo el don de dejar que tu lobo escoja a aquel con quien pasarás el resto de tus días, uniendoos en un vínculo que ni la muerte podrá romper, pues ha sido tejido con las lágrimas vertidas ante el lamento de tu amada. Que lo que yo cree, no lo separe nadie..”.


— Desde ese día, cuenta la leyenda,  nosotros los Tsleil—Waututh — concluyó el jefe del Concilio de Ancianos— hemos sido amigos de los caminantes nocturnos de ojos dorados, respetándoles la vida y dejándolos morar cerca de nuestros poblados para poder mantener nuestra herencia piel—cambiante; de la misma manera que hemos cazado ferozmente a sus hermanos de ojos sangrantes como se nos ordenó en el día de nuestra creación.

Concluida la historia, los cantos cesaron y los Tsleil, que habían estado danzando alrededor de las hogueras, ataviados con pieles y pinturas, fueron sentarse junto al resto de sus hermanos, dejando sólo el suave tam–tam de los tambores, a un ritmo mucho más pausado, como único acompañamiento a los sonidos de la noche.
El grupo de Quileutes miraba a sus anfitriones totalmente sorprendidos, centenares de preguntas rondándoles por la mente. No pudieron sin embargo darles voz, Dan George se les adelantó.

— No sabemos que hay de cierto en esa leyenda, al fin y al cabo es eso: una leyenda — trató de explicarles — . Lo que sí sabemos es que cuando el hombre blanco llegó a estas tierras, y con él algunos caminantes nocturnos, nosotros no sólo sabíamos ya de su existencia, sino que cohabitábamos ya con un pequeño grupo de caminantes de ojos dorados que eran de nuestra misma estirpe.

— ¿Exactamente de cuánto tiempo atrás estamos hablando? ¿Y cómo están seguros de ello? — preguntó Jacob, dando voz a su grupo

— Los primeros hombres blancos llegaron a las costas del Este sobre el año 1000, dicen los que estudian estas cosas...(9) — respondió Dan — Venían de las tierras frías del nordeste y eran grandes marinos. Mi padre tenía cinco años cuando escuchó los rumores de dicha llegada, hará de eso algo más de 900 años. Yo no era más que un niño cuando los hermanos Collum y Bjarni llegaron a nuestras tierras, hará quizás de eso... unos 800 años... cuesta mantener la cuenta de los años cuando se ha vivido tanto... — por unos momentos la mirada del Dan George se nubló, como si viajara a otro tiempo, muy, muy atrás, cuando uno podía ir caminando de costa a costa saltando de árbol en árbol—. Debéis perdonadme, mis años son muchos y en ocasiones mi mente divaga demasiado. Como os decía...Collum y Bjarni eran dos caminantes nocturnos, vampiros como se les llama ahora, cazadores de hombres. Al llegar a nuestras tierras se encontraron con el grupo vampiros de ojos dorados que moraban cerca de nuestro territorio. Collum y una de las caminantes nocturnas nativas se reconocieron como compañeros, uniéndose en su larga no–vida, y juró no volver a cazar hombres. Su hermano sin embargo no tuvo la misma disposición y terminó huyendo ante la amenaza de ser destruido si no cambiaba sus costumbres.

— ¿Usted tiene entonces 800 años? — preguntó Jacob absolutamente fascinado ante tal posibilidad.

— En efecto, 800... 820... 830... ¿qué más da? Mis años son tantos que dejé ya de contarlos tiempo atrás... — explicó el anciano — Soy el más longevo de mi pueblo. Tuve la suerte de imprimarme de una metamorfa de la tribu con la que felizmente viví durante muchos años. La mayoría de los nuestros no vive tanto a no ser que por imprimación se unan a otro metamorfo... O a otro tipo de ser capaz de vivir largos años. Fui el jefe alfa de la manada durante muchos años, y el tratado de paz que tenemos con el clan de Collum desde hace más de 700 años fue firmado con un apretón de manos entre el propio Collum y yo mismo.

Los jóvenes Quileutes no sabían qué decir, tenían numerosas preguntas pero a la vez se sentían abrumados por la cantidad de información que habían recibido. En su pueblo se les contaban historias de miedo sobre “los fríos”, los que te sorbían la vida, los que debían ser temidos y destruidos. Jamás les había pasado por la mente a sus antepasados que una relación prácticamente simbiótica podía ser beneficiosa para ambos grupos. O quizás sí, y dicho conocimiento se perdió en el pasado. Al fin y al cabo los Cullen eran recién llegados en comparación con las fechas que el viejo Dan estaba citando.

— La joven pareja de la leyenda... ¿qué cuentan los vampiros sobre ellos? ¿Los recuerdan? — preguntó de nuevo Jacob.

— No hay nadie que los recuerde en persona — respondió Dan — Pero ha sucedido en dos ocasiones más, que nosotros tengamos constancia, la imprimación sobre un caminante nocturno, así que quitando el resto de parte mítica, nosotros no tachamos la historia como falsa. Sucedió, no nos cabe duda, ¿sino cómo explicar todo esto?

¿Cómo sino? Se preguntó a su vez Jacob. La cabeza le martilleaba, millones de preguntas arremolinándose en su mente, junto con las del resto de su manda.

— Es hora de descansar — les indicó Dan George con unas palmadas —. Mañana nos espera un largo día de preparaciones para la ceremonia del traspaso de alfa y vuestras mentes necesitan el descanso para reposar lo que os he contado.

Con esas palabras, poco a poco todo el grupo se fue disgregando, dirigiéndose hacia sus respectivas tiendas de campañas o pabellones –según el caso– para darse un merecido descanso después del día que acababan de vivir.

Los Quileutes se reunieron bajo un toldo semi–tienda que se les había prestado y decidieron irse a dormir para meditar cada cual por su lado lo que acaban de escuchar. Para algunos, como Sam, Jared y Paul, las palabras de viejo Dan tenían un significado especial. Llegado cierto momento, se verían obligados a escoger entre una larga vida sin su imprimado o abandonar la capacidad de cambiar y vivir una vida común con su ser amado.

Jacob, como futuro alfa de la manada, tenía también dicha posibilidad presente. Si no había cambios, en un periodo de veinte o treinta años, su ya de por si no muy numerosa manada, se vería reducida en tres  – posiblemente cuatro si Claire no llegaba desarrollar la capacidad de cambiar–miembros menos. Era doloroso sólo de pensarlo... verlo suceder sería algo realmente traumático. Los Tsleil al menos se habían tenido los unos a los otros siendo un grupo tan grande, y con la presencia vampírica siempre constante Jacob estaba seguro que cada pérdida de un miembro de la manada, ya fuera por muerte o por decisión propia, era rápidamete reemplazada con algún nuevo miembro.
¿Que sería de ellos cómo manada? ¿Y de él? Si no se imprimaba podría seguir tal y como hasta hora, sin la necesidad de abandonar su herencia, y si tenía la suerte de imprimarse de otro metamorfo sería como cazar dos pájaros de un tiro. Si por el contrario se imprimaba de un ser humano normal y corriente... No quería pensar en esa posibilidad. Si su lobo realmente quería seguir saliendo de paseo más le valía imprimarse de alguién conveniente o no imprimarse de nadie.

''Como si realmente tuviéramos mucha elección en el asunto...'' pensó Jacob justo antes de caer un sueño profundo. Un sueño en el que su mente se vio plagada de oníricas imágenes de lobos persiguiendo a demonios lunares, diosas madres arrancando pétalos de una margarita canturreando “me quiere, no me quiere...” e increíbles ojos dorados observando toda la escena desde lejos.
Cuando Jacob despertó por la mañana, con los primeros rayos de sol y los ruidos de aquellos más madrugadores, tenía la extraña sensación de que a pesar de que su cuerpo había descansado, su mente había estado alerta y activa a lo largo de la noche.
Si sobrevivo a esta noche, en cuanto lleguemos a casa me pienso pasar una semana entera durmiendo, al carajo con el taller y las clases...” se dijo a sí mismo, estirándose cuan largo era tratando de desperezarse un poco.


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